martes, 23 de marzo de 2010

Un día más...

Un azul claro y despejado deslumbra a los habitantes de la ciudad. El sol penetra directo y sin frenos hasta golpear mi piel, intentando calentar hasta el último lugar de mis oscuridad y penumbra interior.

Buen intento el del sol, aunque dudo que logre algo. Esta carencia sostenida, ha dejado en mi la secuela perpetua de sentir que nada podrá cambiar la infértil similitud de un día a otro, ni el frío mañanero que se instala en mi cuerpo una y otra vez, hasta lograr saturarme.

La taza sigue igual. Arrinconada en una esquina del cuarto, esperando ser utilizada. Las cosas comienzan a tener ese molesto aspecto familiar, y son adornadas por un polvillo que poco a poco va marcando el territorio de lo olvidado y va desnudando mi incapacidad de darle vida a un espacio que ya no es hogar, que se convirtió en prisión, en el castigo del silencio.

Suelo pasar poco tiempo en casa. Creo que es lo mejor. Quizás la ilusión se presenta en el metro. Sigo viendo a las mismas parejas cómplices que se susurran amor al oído, y aunque la soledad se presenta con la certeza de lo inevitable, me siento bien por ellos.

Casi sin darme cuenta rescato un ápice de esperanza que esboza una leve sonrisa en mi rostro. Sí, hasta un condenado de manera perpetua a la soledad tiene un derecho mínimo a sentir esperanza, de considerar que en un viaje corto de 20 minutos, una de esas caras de pronto podría voltear y corresponderle.

Pero el trayecto es breve, la ilusión vaga y el resultado el mismo. La oficina, con los monótonos hábitos de calcular y recalcular escritos prefabricados, y la esperanza de encontrar la manera de cambiar esos temas mil veces rebotados de un lugar a otro, por algo que al menos recargue el tanque de la esperanza, que hace bastante tiempo se encuentra vacío.

El ascensor suena una y otra vez anunciando su arribo al piso donde estoy… Siempre las mismas caras, sonidos y costumbres. Nada nuevo. Tal vez de allí surjan los pasos renovados que con sonidos de tacón anuncien la llegada de una nueva primavera, el fin de este largo invierno y el destierro definitivo del polvo del olvido que después de terminar con mis cosas, amenaza con tomarme a mi.

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