jueves, 6 de mayo de 2010

Pambelé y Valero. Dos historias, un destino

“Los buenos boxeadores nacen, resisten, crecen, padecen, pelean, se esfuerzan, ganan el título, se engordan, se van de juerga, roncan sobre sus laureles y, finalmente, pierden. La derrota es el fin de la parábola, la muerte…”

Alberto Salcedo Ramos (periodista colombiano)



Me he pasado el día con un brazo inmovilizado. Mis ojos perdidos y afanados se empeñan en conocer la historia de una gloria deportiva de Colombia, el Kid Pambelé.

Esta vez, estudio la precisa narración de Alberto Salcedo Ramos, quien a través de la crónica logró desnudar la vida de un hombre que de la nada, le revolearon una patada en el culo que lo catapultó a la gloria y que en definitiva no supo manejar.

“El oro y la oscuridad” es el título de la obra que he devorado en tan sólo un día. Llegué a ella por el comentario de un buen amigo y actual jefe, que conoce mi debilidad por las historias de las grandes personalidades del deporte, y también por la tragedia que ha enlutado los cuadriláteros de Venezuela con la partida del Inca Valero.

Veo con dolor que las historias, aunque con protagonistas distintos, culminan de manera similar. La tragedia, y es en ese punto que me pregunto ¿Por qué suceden estas cosas con muchas glorias deportivas del boxeo?

Y de pronto, como de la nada, reconozco una frase tan cierta como dolorosa, que el autor logró develar en el desarrollo de su obra: “Los buenos boxeadores nacen, resisten, crecen, padecen, pelean, se esfuerzan, ganan el título, se engordan, se van de juerga, roncan sobre sus laureles y, finalmente, pierden. La derrota es el fin de la parábola, la muerte…”

Aunque no todos terminan el camino de la misma manera, son muchos los boxeadores que fallan en su intento por llegar lejos y terminan presos de su propia fama, de su tragedia interna, de los demonios que terminan por consumirlos.

Los orígenes siempre son los mismos. El barrio, la pobreza y el hambre son el impulso para salir a ganarse la vida a trompadas, a manotazo limpio. Ven en el boxeo el respeto, lo que la vida les quitó o quizás nunca les dio y por llegar a la ansiada meta trabajan duro, se esfuerzan y en muchas ocasiones logran llegar.

Pero luego viene la inevitable debacle, el fin anunciado. Comienzan a disfrutar sus logros sin medir las consecuencias, el dinero los hace creer invencibles, derrochan, se codean con la escoria de la “alta sociedad”, viven sin pensar en el mañana y de pronto, llega alguien con las mismas ganas que él y de un puño acaban con la gloria y el sueño.

Y es allí que viene la soledad. Los “buenos” amigos se van casi al mismo tiempo que el dinero desaparece y sólo queda el recuerdo, la añoranza de lo que un día fue el gran campeón de campeones.

Pambelé es una muestra fidedigna de ello. Trabajó como vendedor de cigarrillos de contrabando desde su niñez y luego de dar tumbos por la vida llegó a Venezuela donde el empresario Ramiro Machado lo llevó a ser campeón.

Hoy el viejo, termino acuñado por respeto y cariño, vive del recuerdo de ser el campeón. Para él la vida pasó volando y sólo le dejó la tortura de tener que vivir con el peso de la fama y de la burla eterna cuando por fin cayó.

Se que el caso de Edwin tiene un final más fuerte e incluso triste, pero el camino fue similar. Muchos lo rodearon, lo saludaron, le dieron su mano y apoyo, pero cuando la vida lo encerraba y lo llevaba a los límites de lo insospechado, cuando la tragedia amenazaba con aparecer, cuando parecía inminente que tiraría la toalla, muchos simplemente miraron a otro lado y el “gran campeón de Venezuela” se rindió.

Hoy hablan de llevarlo al salón de la fama, hoy muchos lloran, pero la verdad es que cuando debieron actuar simplemente no hicieron nada y es eso lo lamentable.

Siento tristeza por como la historia se repite una y otra vez. Quizás en las calles de El Vigía otro joven sueña con arrebatarle a la vida lo que nunca le quiso dar, con ganarse a puños un espacio donde pueda encontrar un poco de dignidad… Sólo espero que la derrota o la muerte, no sea el fin de la parábola, la que una y otra vez se repite sin parar.

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