miércoles, 18 de noviembre de 2020

Atmosfera

J: Que lindo escribías ¿Qué te motivaba?

(profundo silencio...)


A: Era la “atmósfera“ del momento, lo que me quedó del recuerdo...


“Todo amor y todo recuerdo dejan tras de sí una atmósfera. El secreto en la vida consiste en retener la atmósfera y olvidar el amor, abandonar el recuerdo“ 

Boris Izaguirre, Azul Petróleo (1998).


En algún lugar de Caracas, en el 2011.


Si me lo propongo, con cierto optimismo y con algo de esfuerzo, podría reprimir cada pensamiento de pena y sustituirlo paso a paso por recuerdos quizás un tanto más agradables de los que hoy, lamentablemente, me visitan para convertirse en huéspedes inesperados.


Tal vez si un día, no como el de hoy sino como cualquier otro que ya no atino a recordar, me dedico a buscar en mi banco de recuerdos, pueda tomar momentos inolvidables y reubicarlos en mi presente para hacerlo, al menos, un tanto más llevadero de lo que es ahora.

 

He pensado que, a las afueras de la puerta de mi infierno personal, puedo armar una estructura discursiva lo suficientemente convincente que me permita vender la imagen de un cielo ganado a fuerza de detalles y gestos, de un interior repleto de armoniosos colores que hagan alusión directa a la alegría y no a la mustia realidad que se lleva dentro.

 

Seguramente podría tomar un lápiz, un papel cualquiera, y ofrecerles a todos la idea de que se anda bien, que no hay tristezas, frustración, ni mucho menos desespero.

 

Podría ofrecer una verdad a medias, el maquillaje perfecto y sin cicatrices de mi historia personal, tal vez un relato diferente, ameno y hasta divertido, de esos que me encanta leer pero que hace mucho no soy capaz de escribir.

 

Quizás podría armar mi propio rompecabezas. Tomar las memorias lejanas de un viaje, una cena cuando aun quedaban restos de conversaciones interesantes, una sonrisa a medio terminar cuando los chistes malos aun causaban gracia, una noche de sexo y otra de amor, otra de caricias, un día de clases con notas dignas de adolescentes escritas en cuadernos repletos de polvo, e incluso algunos viajes a la playa, y luego comenzar a estructurar un relato breve e intenso digno de rememorar y que realmente dejara más esperanzas que penas.

 

Pero (ojalá no existiera esta palabra) no soy partidario de ir haciendo bocetos de lo vivido, de esos momentos que van quedando estratégicamente guardados en archivos pesados para después armar a mi conveniencia lo que me hubiese gustado que fuera. Me niego (o al menos hago el intento) a vender una idea donde pueda mostrarme como víctima o victimario, como el resultado nefasto de cosas que aunque no debían pasar terminaron sucediendo.

 

No pretendo agregar ficción a mi vida, ni mucho menos sumarle color para luego convencer a los demás de algo que ni imagino que sería. No me va ni me viene jugar a construir verdades, ese, no se si afortunada o desafortunadamente, está lejos de ser mi estilo.

 

Hay tristezas que no podemos borrar, ni realidades que, aunque sea posible, valga la pena trasladar al mundo de lo imaginario. Y es que al final, cuando elaboro el balance de tantas cosas en mi vida quedo convencido de algo: puedes engañar al mundo entero si te lo propones, pero por más que lo intentes, por más que trates de crear alguna estructura casi perfecta  y sin lados flacos, no te puedes engañar a ti mismo.


martes, 2 de julio de 2019

Insomnio de verano

12 esculturas incompletas / Bruno Catalano
Una vez más me encuentra en el mismo lugar de siempre, aislado, tratando de unir los pedazos que con los años se han ido separando del todo que fue y que con fe terca uno se empeña en armar. 

Son las 11 de la noche, despierto desde las 5 de la mañana en estos eternos días del verano, que comienzan demasiado pronto y se extienden hasta más allá de lo que un día pude imaginar, mi mente sigue uniendo el rompecabezas que contrario a la lógica llegó a mi vida en perfecta armonía y cuyas piezas ahora parecen dispersas, como una amenaza de que a pesar de mi empeño y terquedad no se unirán nunca más. 

¿Del temo puedes pasar al te amo y del te amo puedes pasar al temo? Sí, lo se, al final resulta curioso que dos palabras tan diferentes se distingan una de otra por una letra (Temo-Te(A)mo), pero también es paradójico que puedan estar relacionadas. ¿No lo ves? Se puede temer cuando no se ama (al rechazo, al salir herido y más), se puede temer a amar, y se puede temer cuando ya se ama y te aterra que pueda terminar. Del temo puedes pasar al te amo, del te amo al temor, y del temor a la nada.

La nada, que es la ausencia de algo y que yo temo, no por miedo a la soledad sino al vacío que pueda dejar eso que se ama o se amó. ¿Qué será ese algo que ya no está? Otra pieza más que no se encuentra. ¿Será que ese rompecabezas que trato de armar ya no tiene todas sus piezas completas? ¿Será que con el paso de los años vamos dejando algunas en el camino para convertirnos en otro entramado más complejo, mejorado o simplemente diferente? ¿Cuándo dejamos de ser eso que nos trajo hasta este lugar? ¿Fuimos eso realmente o lo imaginé? 

Preguntas abiertas que parecen no tener un final. Dan vueltas una y otra vez, mientras se repiten en mi mente en una especie de procesión indeseada. Y se unen a ese insomnio, el mismo que una vez más me encuentra en el lugar de siempre, aislado, tratando de unir los pedazos que con los años se han ido separando del todo que fue y que con fe terca uno se empeña en armar.



viernes, 3 de marzo de 2017

Arraigo

¿Estará ahí lo que hemos dejado? Me lo  pregunto constantemente aunque de antemano se la respuesta. Se que no está  ni estará jamás. Ha cambiado, en mi caso particular, involucionado. De lo bonito queda entonces el recuerdo, ese que anhelamos volver a vivir y que al mismo tiempo duele. 

Estoy seguro que lo que sigue allá se adaptó mejor que lo que se fue. El que se quedó se las juega entre las ruinas. No hay de otra, así funciona, así debe ser. No hay tiempo cuando tienes que practicar la supervivencia. 

Mi problema, que es un problema tan pendejo como severo, es que no he podido abandonar esos recuerdos. Como el que se ha quedado, también sobrevivo y me adapto a lo nuevo, pero hay un peso grande, que podemos definir como el arraigo. El arraigo se presenta como un dolor que va creciendo poco a poco, y que en mi caso se hace más intenso los fines de semana. Es incómodo, pero no puedes separarte de el. Es una necesidad morbosa esa la de mirar atrás.

Pero mi mayor temor,que tiene que ver también con mi problema, tiene una cara doble. Que el dolor del arraigo sea eterno, o que con el tiempo desaparezca. Es extraño, lo se. Déjenme explicarlo mejor. El dolor del arraigo lastima, algunas veces hasta hace daño y no quieres que siga, pero justo ahí comprendes que es lo único que te va quedando, tu único recuerdo de décadas de vida, y por ello quieres que siga ahí, por eso te aferras a el para que no desaparezca, aunque haga daño.

Yo lo tengo muy claro. No soy de aquí donde vivo. No pertenezco a este nuevo paisaje y cultura. Estoy de tránsito. Estoy para quedarme, para aportar , pero no para pertenecer. Pero la distancia y el tiempo tampoco me permiten ser de allá, donde nací y ya no estoy, de donde siento que soy.  Pero ¿cómo puedes ser parte de algo que ha cambiado sin ti? ¿Es eso posible? No lo creo. Quedas condenado entonces a vivir en un limbo extraño. 

Recuerdo una frase que me marcó mucho. Formaba parte del guión de ¨El secreto de sus ojos¨, una película argentina. La  frase decía que hay algo a lo que un hombre no puede renunciar, y era precisamente a su pasión. Y a mi me apasiona pertenecer. 

Yo pertenezco al Caracas FC, yo pertenezco a los desayunos en casa, yo pertenezco a la Universidad Central de Venezuela, yo pertenezco a mi familia y a mis amigos, ambos hoy desmembrados en distintos lugares del mundo. Yo pertenezco a las charlas de literatura con mis panas periodistas, al metro de Caracas y sus rostros de lucha, a las  reuniones familiares, a la conversa sana de béisbol de octubre a enero. Yo pertenezco a lo que ya no está para mi, a lo que no es igual. Pudiera cambiar, pudiera comenzar a buscar placeres, pudiera desarrollar nuevas afinidades en mi país prestado, en el que pretendo quedarme aunque no pertenezca. Tal vez buscar un nuevo club, una nueva familia, amistades renovadas, una nueva universidad para intentar vencer la sombra. Pero no puedo ni quiero, porque  como dice la frase hay algo a lo que un hombre no puede renunciar (ni sustituir), y es precisamente a su pasión.


Y es esa pasión, la que hoy desborda la nostalgia que me llevan a escribir estas tristes letras. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Juan, el soñador


Alexander Zapata.- Juan es un joven relajado. Solíamos coincidir mucho en la calle cuando cumplíamos juntos las labores de reporteros para distintas estaciones de televisión en Las Vegas. Con un tono pausado y bastante relajado, durante el último año lo he visto denunciar, informar y acompañar a la comunidad hispana del estado de Nevada.

Se poco de Juan. Como dije, sólo lo que charlas entre pautas de trabajo nos permitió compartir. Llegó desde Arizona, donde trabajaba en una radio y donde fue becado para estudiar periodismo por su buen desempeño. Además, sé que tuvo un paso breve como pasante para la gigante de las comunicaciones CNN, y que llegó a Las Vegas con muchas ganas de seguir cumpliendo su sueño. Sé que es un alma buena, de trato amable, siempre dispuesto a ayudar y a colaborar cuando sea necesario.

El 8 de noviembre, luego de algún tiempo sin vernos, coincidimos en el hotel Aria en Las Vegas, donde grupos cercanos al partido demócrata celebrarían los resultados electorales. Él estaba en la tarima, cumpliendo sus funciones de reportero, y yo caminando en los alrededores y ofreciendo entrevistas para los distintos medios en español que daban cobertura a las elecciones.

Tuvimos un breve espacio de tiempo y nos sentamos. Analizábamos juntos el panorama y los resultados y descubríamos lo inevitable. Trump ganaría las elecciones. Ante este hecho comenzamos a hablar del futuro de millones de indocumentados, y fue entonces cuando Juan, con la misma serenidad de siempre, pero acompañada de una sonrisa llena de incertidumbre me contó algo inesperado: “Alex, yo soy un dreamer”. Descubrí que gracias a Daca, mi colega había logrado alcanzar lo que hasta ese día había logrado.

“Dreamer” y “Daca”, si aún no está familiarizado con los términos le explico. Los “dreamers” o soñadores por su traducción al español, es como se les ha llamado a jóvenes que pudieron recibir el beneficio de “Daca”, la acción ejecutiva creada por el presidente Barack Obama y que permitió a más de 700 mil jóvenes llegados en edad temprana y que vivían sin documentos, tener la oportunidad de trabajar, de obtener préstamos estudiantiles y de salir adelante y contribuir con la economía familiar y del país.

Más de 700 mil jóvenes en Estados Unidos actualmente gozan de este beneficio. Durante su campaña el presidente electo, Donald Trump, prometió que acabaría con esta medida por considerarla inconstitucional.


Así pues, sabiendo que Daca puede terminar con una simple firma, mi pensamiento vuelve una y otra vez al mismo punto. Y es que, desde aquel 8 de noviembre, cuando Juan y yo compartimos un trago y una confesión, su historia ha estado dando vueltas en mi cabeza. Pienso en él como inmigrante y en todo lo que ha alcanzado, recuerdo a todas las personas a las que ha ayudado, y me doy cuenta cuan peligroso y dañino para la comunidad sería que Juan un día, tuviera que apagar las luces que acompañan a su cámara, para regresar a las sombras que fueron su día a día cuando tenía que vivir como un indocumentado. Temo que Juan y otras 700 mil almas nobles tengan que parar de soñar. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Las joyas del "Gabo".

He invertido parte de mi tarde leyendo esta joya de García Márquez (perdonen ustedes la redundancia). En ella pude encontrar varios artículos del colombiano en su faceta periodística (quizás menos famosa que la de escritor de literatura, pero igual de exitosa), no obstante fueron cuatro textos los que llamaron poderosamente mi atención, por lo trascendentales desde un punto de vista histórico, por lo claro de su ideal político y a la vez por la astucia que le dejaron los años de militancia en el oficio de la imprenta.

Los dos primeros, publicados en la revista "Alternativa" y que llevaron por títulos "El golpe sandinista. Crónicas del asalto a la casa de los chanchos"; y el segundo "Chile el golpe y los gringos", son una muestra clara en la que el escritor colombiano deja al descubierto su voluntad de izquierda, y además un paseo literario (utilizando el género de la crónica) por las revueltas revolucionarias en países distintos que intentaron de manera infructuosa hacer su propio camino.

Sin embargo en otro texto titulado "El enigma de los dos Chávez" en el que narra el encuentro-entrevista que pudo realizar al militar y presidente venezolano Hugo Chávez en febrero de 1999, García Márquez deja abierta la incognita de lo que podría ser el comandante devenido a político en el curso de los próximos años al afirmar que "Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora , me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista que podía pasar a la historia como un déspota más".

El "Gabo" respondería a su manera esta suerte de pregunta dejada al azar. Con un silencio evidente desaparecería de la escena venezolana dando a entender, como le confesara más tarde al político venezolano Teodoro Petkoff, que no le gustaba que lo utilizaran. Era de izquierda, sí, pero tenía el olfato político para saber cuando no tenía que meter sus manos en el fuego por tiranos uniformados.

Finalmente el texto que más me cautivó y a la par generó en mi una mezcla de tristeza y desaliento fue el que dedicara a Don Guillermo Cano, periodista insigne colombiano con quien tuvo el placer de trabajar y con quien desarrollara una profunda amistad de años. En el texto no sólo detalla por qué Cano fue reconocido como un baluarte del periodismo en su país, sino además cómo fue el artífice de lo que a la postre sería una de las obras literarias más reconocidas de García Márquez mundialmente "Relato de un Náufrago". El texto fue redactado cuando Colombia era azotada por el flagelo del narcotráfico, en su época más oscura, cuando la metralla en una de tantas ocasiones se impuso a la idea y cuando por unos cuantos dólares las balas silenciaron la vida de don Cano.

La tristeza me invadió de inmediato. No sólo porque el Gabo me hizo recordar aquel sensible episodio del periodismo colombiano, sino porque además (y de inmediato disculpo a los colegas que no comprenden el guiño) en mis años de experiencia en el periodismo no he podido estar tan siquiera cerca de compartir una sala de redacción con un director de noticias como Guillermo Cano y un colega periodista como el " Gabo".

sábado, 9 de julio de 2016

¿Inteligencia Militar?

Tras leer algunas crónicas literarias de Gabriel García Márquez publicadas en El Universal de Cartagena y que datan de 1948, cuando la violencia política comenzaba a asomarse con mayor virulencia en Colombia, sólo puedo pensar que la única razón por la cual el gran escritor y periodista no terminó en la cárcel, o en una cuneta bañado por su porpia sangre como muchos otros fue porque no existía (ni existe creo) la posibilidad de que militar alguno pudiera entender la profundidad de su pluma.

Pasan los años y aunque en la América Nuestra siguen los dramas, aunque algunos militares han evolucionado en su pensamiento (tristemente para dominar y no para emancipar), sigo creyendo firmemente que no existe mayor contradicción discursiva que la forma en que han sido bautizadas ciertas instituciones castrenses dedicadas a la persecución, tortura y en los casos más destacados (si es que cabe la digna palabra) a la investigación de los ciudadanos. Me refiero pues, sin más preámbulos, a la mal llamada "Inteligencia Militar".

miércoles, 22 de junio de 2016

La amarga espera

Juan se levanta, se apresura y toma sus pertenencias para ir al trabajo. Ya han pasado varios años desde que por fortuna pudo obtener una beca para terminar sus estudios universitarios y luego conseguir un buen empleo para proveer a su familia. A paso acelerado besa la frente de su madre quien lo mira con el orgullo de quien ha vencido el miedo y está convencido que nada puede detenerlo. Juan recuerda que dejó sobre la repisa su licencia de conducir, camina hacia ella y al tenerla entre sus manos sonríe una vez más, ya no se siente en las sombras.

A miles de millas de distancia María prepara los alimentos para sus hijos que están a punto de ir a la escuela. Son tres jóvenes que nacieron en el país pero que a diferencia de muchos de sus compañeros, tienen padres indocumentados. María sonríe al verlos salir de la casa, sin embargo hay preocupaciones en ella. Ya hace más de una década que junto a Andrés (su esposo) abandonó su país natal para buscar un futuro mejor en un destino que les era ajeno. En ese lugar tuvieron a sus tres hijos, aunque ellos como padres, aun caminan por las sombras, con el temor de que en cualquier momento podrán ser separados de sus hijos por un cometer un solo delito: Quedarse en un país sin pedir permiso.

Daca (Juan) y Dapa (María y Andrés), dos programas que resumen el sueno de millones de indocumentados que quizás mañana o el próximo lunes conocerán su destino. Largo ha sido el proceso, que se enfrenta a la decisión de 8 jueces de la Corte Suprema quienes deberán determinar si Barack Obama actuó apegado a la ley o no, pero que en el fondo tomarán partido en torno a un tema aun más delicado: el sistema migratorio de los Estados Unidos, roto para algunos, perfecto para otros.

Los republicanos acusan a los demócratas por lanzar una medida justo cuando perdieron la mayoría en el Congreso y porque las acciones diferidas (Daca y Dapa) solo buscan ganar el apoyo de las minorías de inmigrantes que son tan decisivas en procesos electorales. En pocas palabras señalan a los demócratas de utilizar la inmigración como un movimiento sutil de ajedrecista que les garantice otros 8 años en el poder. Sin embargo en su mesa no hay propuestas, y la más importante que es la de su virtual candidato a la presidencia, se resume en una frase: deportar a 11 millones de personas que carecen de un estatus legal.

En la otra acera están los demócratas, encabezados por el presidente Barack Obama (principal promotor de Daca y Dapa) quienes insisten que el Congreso, de actual mayoría republicana, ha frenado todos sus intentos por aprobar una reforma migratoria, que ciertamente fue lanzada cuando ellos perdieron esa mayoría y que pudo aprobarse antes del 2012 cuando tenían todo a su favor. Son los demócratas los principales promotores de un cambio en materia de inmigración pero quienes a la par, han superado el número de deportaciones que tuviera en sus dos gobiernos Bush hijo, el último mandatario republicano en el poder.

Y en el medio, aferrados a sus santos, con la esperanza de salir de las sombras, hay mas de 5 millones de indocumentados, a quienes poco les importa la política, que en muchos casos no la entienden y que desean aportar a una sociedad a la cual han entregado todo recibiendo poco a cambio.

Son ellos los que sabrán muy pronto si la Corte Suprema les permite quedarse o no. Sin embargo esta es la primera batalla previa a otra trascendental que se viene en noviembre y que dependiendo del resultado podría mantenerlos aquí o expulsarlos definitivamente no solo a ellos sino a muchos otros que vinimos a este país a construir nuestro propio sueño americano.

El reloj avanza, la Corte Suprema tiene, por ahora, la primera parte de la decisión en sus manos.