domingo, 2 de febrero de 2014

Cuando lo que abunda es la impunidad

Resulta difícil de entender en qué momento nos asaltó la costumbre mal sana de hacer colas para obtener cualquier cosa. De sonreír como mecanismo conformista ante tantas situaciones irregulares. Hace poco (y me disculpo por caer en lo anecdótico) en un supermercado de Caracas un grupo de ciudadanos hacía pacientemente una cola. Al preguntarle para qué era la misma, la mayoría coincidía en la respuesta "no tenemos ni idea pero seguro será algo que hace falta".

Inicialmente (o al menos hace algunos años), las colas eran estrictamente reservadas para aquellos establecimientos que con precios irreales (y que sólo podían ser mantenidos por un Estado con gran bonanza petrolera) ofrecían una alternativa distinta a los venezolanos de escasos recursos. Sin embargo, con el pasar del tiempo y ante una crisis acentuada especialmente en el último año, la escasez ha dominado el comercio de bienes y servicios en Venezuela. Ya no es exclusivo tan siquiera de los alimentos, sino que se ha trasladado peligrosamente a otros elementos no menos importantes o esenciales para los Venezolanos.

A los 16 productos que forman parte de la cesta básica alimenticia que desde hace mucho no se encuentran en los anaqueles de supermercados (sean del Estado o privados) o que para adquirirlos requieren de una inversión de tiempo y paciencia incalculable, se suman otros elementos como pasajes aéreos, medicamentos, alquileres de viviendas, vehículos, repuestos, electrodomésticos, entre muchos otros.

Los culpables y las causas


¿Quiénes son los verdaderos culpables de tan deplorable situación económica? ¿Existe realmente en Venezuela una guerra económica? Difícil determinarlo, pues ambas interrogantes parecen tener su génesis en diferentes sectores, tanto privados como del Estado. Sin embargo este último, en su rol constitucional de garantizar la estabilidad política y económica de la nación lamentablemente ha fallado.

La polémica se enciende cuando evaluamos las medidas en torno al sector económico o al menos de divisas. Si bien es cierto que en Venezuela, durante el año 2002 fue necesario aplicar un control de cambios para evitar que las reservas internacionales continuaran su descenso, en medio de una frenética confrontación de modelos políticos, los vicios en torno a Cadivi y los mecanismos para controlar la moneda extranjera no se hicieron esperar.

Así nació el recién bautizado más no nuevo "Cadivismo", donde hombres y mujeres, sedientos de divisas, se llenaron los bolsillos tramitando y obteniendo dólares con empresas fantasmas para luego ser canjeados en el mercado paralelo alimentando una inflación galopante. Lo mismo pasó con los llamados cupos viajeros, y las ya famosas mafias raspa cupos que hicieron de Panamá, Perú, Colombia, entre otros países economías sumamente prósperas en su momento.

El mercado paralelo se robusteció, amparado en un sistema burocrático (no heredado de la Cuarta República) que hizo muy difícil a las empresas acceder a las divisas necesarias para su funcionamiento, y es aquí dónde el Estado falló y sigue fallando una vez más.

¿Qué habría pasado si Cadivi hubiese otorgado de manera correcta las divisas y posteriormente auditado el destino de las mismas? ¿Habrían las empresas requerido asistir al mercado paralelo con tanto interés? ¿De haberse trabajado de manera correcta con Cadivi, Sitme, y otros mecanismos, las personas habrían viajado al extranjero sabiendo que al volver encontrarían empresarios sedientos de dolares o euros para cubrir sus necesidades? ¿Qué sería de la inflación? ¿Con las divisas a la mano existiría tales niveles de desabastecimiento? Muchas preguntas, pocas respuestas, una sola realidad: Nuevos controles, mucho más estrictos, donde justos pagan por pecadores.

Del contrabando millonario

 
Hace poco se anunció una dura lucha contra el contrabando de extracción en la frontera venezolana. Los primeros señalados por el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello Rondón, y el Vicepresidente de la República Jorge Arreaza, fueron sin duda los empresarios privados. Dentro de los eternos molinos de viento de nuestros Quijotes errantes, el sector empresarial siempre ha sido considerado un gigante a vencer, y vaya que en gran medida se ha logrado.

La empresa privada honesta, esa que trata de sobrevivir con grandes deudas para pagar a sus proveedores por las dificultades de acceder a las divisas, que sigue asfixiada, pasó de conformar una economía de mercado a una prácticamente estatizada y controlada.

Sin embargo llama la atención el hecho de que 43 militares de rango de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana fueran trasladados o removidos de sus cargos ocupados precisamente en la frontera del Zulia con Colombia. Para nadie es un secreto que se han amasado grandes fortunas gracias al contrabando de alimentos y combustible desde Venezuela hacia el vecino país.

No obstante, hasta ahora nadie es señalado, juzgado o sentenciado. No es que los venezolanos estén en contra de aniquilar el contrabando. Por el contrario, sería una ayuda enorme para frenar la escasez creciente e insostenible a la que han sido sometidos los estados fronterizos de nuestro país, pero como siempre, no existen culpables pesados cuando el riesgo político es demasiado elevado.

En su momento Edmée Betancourt señaló, durante su gestión breve frente al Banco Central de Venezuela, que empresas de maletín habían desfalcado 20 mil millones de dólares al Estado venezolano tan solo en 2012, y se habló del "cadivismo" como si fuera un mal heredado, cuando es obra de la naciente República. Hasta la fecha, quien fuera por largos años presidente de la institución (Coronel Manuel Barroso) sigue sin rendir cuentas, sin ser tan siquiera interrogado, como si su gestión de más de seis años nunca hubiese existido. ¿Lo peor? Todos los días me repito: Si las divisas las maneja el Estado por medio de controles ¿A quién le interesa un mercado paralelo elevado absolutamente distorsionado para llenarse los bolsillos?

Lo mismo pasa en la frontera: políticos y empresarios logran grandes fortunas mandando a Colombia y Brasil alimentos y combustible, ante la mirada complaciente y comprada a fuerza de billetes de algunos elementos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y de otros cuerpos de seguridad. No existen culpables, solo trasladables a otras unidades para intentar tapar el sol con un dedo.

No hay nada más peligroso para cualquier sistema social que la impunidad. Nada se resuelve con cambiar piezas en un tablero, si se dejan pasar crímenes que afectan el sano desenvolvimiento de la economía y la vida venezolana.

Peor que una "narco novela" es una "corrupta realidad", esa donde los niños aprenden rápidamente que resulta más cómodo y sencillo vivir como un parásito contrabandista de divisas y productos que como un honesto trabajador de la República.

Mientras los que se han hecho millonarios entre trampas con divisas y pasando combustible y alimentos por nuestras fronteras sigan libres e impunes, no existirá un verdadero cambio en Venezuela.

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