"Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa o que la palabra "madre" era la palabra "madre" y ahí se acaba todo... ...desde pequeño mi relación con las palabras con la escritura no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas" Julio Cortazar
domingo, 12 de enero de 2014
Entre lo astuto y lo macabro
Sus molinos no eran más que creaciones absurdas, no de su locura, sino de su mente astuta. Reconociendo en la ineficiencia a su peor enemigo, se veía obligado a perseguir culpables que solo existían en su macabra cabeza.
Despertar
Fugazmente creyó encontrar en palabras la ilusión ya perdida. Pero los hechos, siempre rotundos, incluso más que la palabra misma, golpearon ese sueño.
Se vio entonces a sí mismo. Tirado en el suelo lo comprendió, no estaba noqueado, derrotado ni vencido, sino confundido, como aquel que de pronto, a la misma velocidad que el día cede su espacio al anochecer, no se encuentra, no pertenece, que está en la mitad de lo incierto, como poseído por una fuerza brutal que a su vez lo deja en una bruma espesa que le impide conocer en qué lugar está o que en su defecto le indica que su devenir le pertenece a la nada.
No se preguntó, no se reprochó, ya no había tiempo para eso. Miró su reloj, el tiempo, implacable, rutinario, seguía su curso, consumía los segundos, a veces dejando una percepción de correr lento, en medio de un tedio insoportable y otras a una velocidad de rapidez anormal, pero siempre coincidiendo en un punto: sin detenerse jamás. Descubrió que entre discursos vacíos, cargados de ideas no respaldadas en actos, desgastó y desperdició momentos, afectos, cercanías y sentimientos ¿Cuánto había perdido persiguiendo el sueño falsamente vendido? ¿Hasta dónde llegó la inocencia de creer sin la necesidad de ver?
Temió, se asustó como un niño ante la oscura noche y sus sombras, como las aves ante la presencia de un hombre o de cualquier depredador. Había comenzado a formularse preguntas, interrogantes que lo torturaban, lo castigaban. Sabía las respuestas y entonces esa sensación omnipresente de incertidumbre se unió a una incomodidad parecida a la rabia. Inmediatamente surgieron nuevas dudas: ¿Cómo no se dio cuenta? ¿Cómo no lo vio venir?
Respiró hondo, seguía tendido en el suelo. El azul del cielo era claro, el ambiente fresco, amable, como una tarde fresca de Caracas en marzo. Sin embargo la bruma seguía en su mente, nublaba su pensamiento y le restaba fuerzas. Aun sabía que no estaba derrotado, vencido o acabado, su voluntad seguía intacta, recordaba que en algún lugar y momento su temple fue de acero.
Reflexionó, sabía que no podría pasar mucho tiempo así, echado en el suelo, pues su vida no se lo permitía y su dinámica mucho menos. Sin embargo aprovechaba este tiempo de posible confusión, de pensamientos turbios, para entender que los actos siempre dirían más que las palabras, que los discursos que no se asumen en estilos de vida con el tiempo se desgastan, y que no vale la pena invertir mucho esfuerzo en ellos porque tarde o temprano por ese camino transitan hacia el fracaso.
Se levantó y caminó, no tenía rumbo ni destino cierto, pero en ese pequeño cambio que implicó pasar del suelo a estar de pie había dejado un gran peso. Su andar era distinto. Con cada paso lograba recordar quien era, se sentía libre, sin las ataduras de mantenerse fiel a un absurdo, a una mentira, al concierto del desconcierto. Aunque improvisaba su ruta era al menos la suya y no la impuesta por otros, que sin saber a dónde iban naufragaban de coyunturas en coyunturas, de planes fallidos a otros peores, improvisando un batallón de sin sentidos para recomenzar el armado de un rompecabezas que de tanto reordenar y reimpulsar ya no recordaban como era o que buscaba.
Sonrió. Era libre de pensar, decir y actuar pues ya no había temor a lo que podía perder. Ya sus palabras no serían comedidas para salvar lo insalvable. Ya no habría más charlas de grupos de inconformes timoratos que en la complicidad y confidencialidad de los silenciosos rincones murmuraban molestias que en público eran calladas para salvar las apariencias. Ya no había que
inventar excusas o fabricar culpables inexistentes.
Disfrutó, siguió caminando sin saber a dónde o sin preocuparse en lo inmediato en conocer su destino. Pasó tanto tiempo disimulando sus palabras, midiendo sus comentarios, disfrazando y encubriendo frases, que sintió era su momento de ser libre, de andar y decir sin restricciones.
Nunca supo, desconocía cuánto tiempo estaría así, si nuevamente volvería a ser brutalmente castigado y enviado al suelo, pero no le importó pues sabía que con cada experiencia quedaría una marca y con esta cicatriz a su vez un aprendizaje, así que si se repetía la historia, por algún azar del destino, sería por otra razón y no por haber defendido un discurso, palabras que fugazmente le vendieron la utopía de recuperar la ilusión perdida, pero que ante los hechos quedaron sin fuerzas, tal como las olas que al nacer son sumamente poderosas, con capacidad de mover una gran masa, pero que durante su recorrido van perdiendo el ímpetu, llegando así a la orilla sin la majestuosidad inicial, condenadas a una muerte que le impedirá renacer, renovarse o volver de alguna manera.
Se vio entonces a sí mismo. Tirado en el suelo lo comprendió, no estaba noqueado, derrotado ni vencido, sino confundido, como aquel que de pronto, a la misma velocidad que el día cede su espacio al anochecer, no se encuentra, no pertenece, que está en la mitad de lo incierto, como poseído por una fuerza brutal que a su vez lo deja en una bruma espesa que le impide conocer en qué lugar está o que en su defecto le indica que su devenir le pertenece a la nada.
No se preguntó, no se reprochó, ya no había tiempo para eso. Miró su reloj, el tiempo, implacable, rutinario, seguía su curso, consumía los segundos, a veces dejando una percepción de correr lento, en medio de un tedio insoportable y otras a una velocidad de rapidez anormal, pero siempre coincidiendo en un punto: sin detenerse jamás. Descubrió que entre discursos vacíos, cargados de ideas no respaldadas en actos, desgastó y desperdició momentos, afectos, cercanías y sentimientos ¿Cuánto había perdido persiguiendo el sueño falsamente vendido? ¿Hasta dónde llegó la inocencia de creer sin la necesidad de ver?
Temió, se asustó como un niño ante la oscura noche y sus sombras, como las aves ante la presencia de un hombre o de cualquier depredador. Había comenzado a formularse preguntas, interrogantes que lo torturaban, lo castigaban. Sabía las respuestas y entonces esa sensación omnipresente de incertidumbre se unió a una incomodidad parecida a la rabia. Inmediatamente surgieron nuevas dudas: ¿Cómo no se dio cuenta? ¿Cómo no lo vio venir?
Respiró hondo, seguía tendido en el suelo. El azul del cielo era claro, el ambiente fresco, amable, como una tarde fresca de Caracas en marzo. Sin embargo la bruma seguía en su mente, nublaba su pensamiento y le restaba fuerzas. Aun sabía que no estaba derrotado, vencido o acabado, su voluntad seguía intacta, recordaba que en algún lugar y momento su temple fue de acero.
Reflexionó, sabía que no podría pasar mucho tiempo así, echado en el suelo, pues su vida no se lo permitía y su dinámica mucho menos. Sin embargo aprovechaba este tiempo de posible confusión, de pensamientos turbios, para entender que los actos siempre dirían más que las palabras, que los discursos que no se asumen en estilos de vida con el tiempo se desgastan, y que no vale la pena invertir mucho esfuerzo en ellos porque tarde o temprano por ese camino transitan hacia el fracaso.
Se levantó y caminó, no tenía rumbo ni destino cierto, pero en ese pequeño cambio que implicó pasar del suelo a estar de pie había dejado un gran peso. Su andar era distinto. Con cada paso lograba recordar quien era, se sentía libre, sin las ataduras de mantenerse fiel a un absurdo, a una mentira, al concierto del desconcierto. Aunque improvisaba su ruta era al menos la suya y no la impuesta por otros, que sin saber a dónde iban naufragaban de coyunturas en coyunturas, de planes fallidos a otros peores, improvisando un batallón de sin sentidos para recomenzar el armado de un rompecabezas que de tanto reordenar y reimpulsar ya no recordaban como era o que buscaba.
Sonrió. Era libre de pensar, decir y actuar pues ya no había temor a lo que podía perder. Ya sus palabras no serían comedidas para salvar lo insalvable. Ya no habría más charlas de grupos de inconformes timoratos que en la complicidad y confidencialidad de los silenciosos rincones murmuraban molestias que en público eran calladas para salvar las apariencias. Ya no había que
inventar excusas o fabricar culpables inexistentes.
Disfrutó, siguió caminando sin saber a dónde o sin preocuparse en lo inmediato en conocer su destino. Pasó tanto tiempo disimulando sus palabras, midiendo sus comentarios, disfrazando y encubriendo frases, que sintió era su momento de ser libre, de andar y decir sin restricciones.
Nunca supo, desconocía cuánto tiempo estaría así, si nuevamente volvería a ser brutalmente castigado y enviado al suelo, pero no le importó pues sabía que con cada experiencia quedaría una marca y con esta cicatriz a su vez un aprendizaje, así que si se repetía la historia, por algún azar del destino, sería por otra razón y no por haber defendido un discurso, palabras que fugazmente le vendieron la utopía de recuperar la ilusión perdida, pero que ante los hechos quedaron sin fuerzas, tal como las olas que al nacer son sumamente poderosas, con capacidad de mover una gran masa, pero que durante su recorrido van perdiendo el ímpetu, llegando así a la orilla sin la majestuosidad inicial, condenadas a una muerte que le impedirá renacer, renovarse o volver de alguna manera.
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