lunes, 22 de marzo de 2010

Sin aquel viejo temor

Me levanto… ¿Realmente estoy despierto? ¿Estoy vivo o simplemente respiro y transito por inercia en las calles de Caracas? Las vías lucen vacías, tal vez con un tono mustio y fúnebre. Quizás son sólo ideas mías, pero ¿Qué puedo hacer? Mi mayor virtud ha sido y será siempre convivir en una profunda soledad, gris y desabrida soledad.

No importa quien esté a mi lado. Me canso, me saturo, me asfixio rápidamente. Me consumo en ideas y pendejadas que no se concretan y que no se comprenden en su justa medida. Comienzo con bríos, con fuerza, con una inusitada celebración interna que vende la idea de creer que ésta, sin duda alguna, es la oportunidad de oro para avanzar. Pero la realidad supera siempre a la ficción que me vendo y me doy de frente ante el muro que me dice en letras grandes y muy claras: “te equivocaste otra vez”.

Y es esa realidad la que ha desgastado la ilusión, la que me explota en la cara y me escupe la realidad más clara y absoluta de mi vida: La soledad es mi mejor compañía.

Veo en el metro parejas cómplices que susurran palabras de amor entre sonrisas tímidas. Observo manos entrelazarse con fuerza en un nexo que parece indestructible y duradero, y son esas señales las que me impulsan a ver mi mano solitaria y desgastada buscando un refugio donde sentir por primera vez que no está abandonada y que si hay un lugar cálido para ella.

Así transita mi vida, entre la calima caraqueña que hace menos daño que mis cigarros, las parejas que se juran amor eterno y el ya acostumbrado amargo sabor a soledad que se instaló en mi garganta e invadió todo mi ser en una visita sin fecha de salida, sin el vencimiento acostumbrado.

Compañía no es amor… Así debo entenderlo, pero me engaño y estúpidamente caigo en el círculo vicioso y absorbente que consume de a poco mi vida, ese que por más coñazos que me da no entra en mi cabeza… Parece que mi esperanza es más fuerte que la razón orquestada por mi cerebro.

Pero ya no hay angustia. La ausencia de refugio no produce aquel viejo temor. La soledad decidida suele ser menos lamentable que aquella que cuenta con compañía.

No hay comentarios: