domingo, 13 de abril de 2014

El diálogo que pudo ser

El pasado jueves Venezuela se mantuvo atenta a las pantallas de sus televisores. Por primera vez en mucho tiempo una cadena nacional atraía las miradas de ciudadanos impávidos que tenían la posibilidad de ver representados sus intereses por políticos de los sectores que lideran las dos opciones más grandes del país.

Esta oportunidad, única para ambos bandos, planteaba la posibilidad de dar un paso inicial para frenar el caos en el que Venezuela está sumergida, que se acentuó a partir del 12 de febrero y que hasta la fecha ha cobrado la vida a 41 ciudadanos de distinto pensamiento político.

La oposición partía con un pergamino de peticiones. Liberación de detenidos o presos políticos, cese de la represión y designación de poderes autónomos al Ejecutivo Nacional. El Gobierno de Nicolás Maduro optó por demandar el reconocimiento político de su Mandato por parte del sector opositor, que desde abril de 2013 ha demostrado en distintas instancias (legales y otras no tanto) que le consideran ilegítimo.

Lo que fue

Las intervenciones, salvo contadas participaciones de ambos sectores se pasearon por lo mismo: tanto Gobierno como oposición se decantaron por el discurso tradicional que ha marcado la política venezolana en los últimos años, y que no es otro que señalar como culpable de todo al que piensa distinto.

La vocería del Gobierno se enganchó en un repaso por la historia contemporánea. Desde los señalamientos clásicos de fascistas y golpistas hasta la ya machacada y desgastada historia del golpe de Abril.

Algunos se atrevieron a hablar del índice GINI (mide nivel de desigualdad), de los avances en materia social (educación, vivienda, entre otros) pero sin entrar en detalles estadísticos necesarios. El Vicepresidente del área económica planteó de manera muy general los avances en su materia pero obvió por completo los problemas que aquejan a la población en el país: inflación y escasez.

Continuando con Ramírez, su gesto de señalar a mafias internacionales en torno al dólar paralelo, fue muy mal visto por quienes recordaron las denuncias en contra de Manuel Barroso (expresidente de la antigua Cadivi) quien salió de la institución sin investigación alguna luego de largos años al mando de la misma. También dejaron pasar (gobierno y oposición) la denuncia de Edmee Betancourt, en su breve paso por el Banco Central de Venezuela, del desfalco de miles de millones de dólares vía Cadivi por empresas de maletín.

La oposición por su parte, arrancó con una larga lista de demandas, ya mencionadas, y con una buena parte de su militancia mirando con no muy buenos ojos la asistencia a esa mesa de diálogo.

El panorama del discurso opositor se paseó también, en su mayoría, por señalamientos al sector Gobierno sin asumir error alguno en su maniobra o gestión.

Sólo la sapiencia de Henry Ramos Allup le permitió ceder algunas concesiones discursivas aparentes para luego demandar aspectos lógicos. Asumir que en abril de 2002 hubo un vacío de poder y luego un Golpe de Estado fue sin duda alguna un gesto astuto de Allup quien además tuvo el tino de argumentar con la Constitución para demostrar al Gobierno que ni el socialismo ni la FANB chavista tienen cabida o vida en nuestra carta magna.

Destacan a su vez las cifras presentadas por Omar Barboza, quien con números del Banco Central de Venezuela manifestó lo que todos conocemos: Somos el país con mayor escasez e inflación de América Latina, el que mayores ingresos presentó en la región y el sexto peor en crecimiento económico. 

Tampoco se pueden dejar por fuera las frases de Falcón y Capriles que en pocas palabras demostraban la importancia del éxito del diálogo. O hay diálogo sincero o nos matamos, o cedemos en nuestras posiciones radicales o la calle va a terminar de explotar.

Lo que pudo ser

Ambos sectores iniciaron el debate con la posibilidad de reconocer errores y demandar a su contrario. Sin embargo, desde el arranque de la discusión no hubo muestras de ello.

El Gobierno de Nicolás Maduro tuvo la posibilidad de enfriar la calle, dando una muestra de diplomacia política liberando a algún preso político y accediendo a ciertas peticiones del grupo opositor que se sentó en la mesa. Sin embargo, mantuvo su postura de tan sólo escuchar demandas y enviar a sus voceros a encender el diálogo y no llevarlo a ningún lugar.

Las típicas ofensas, características del discurso sectario y violento en la vocería gubernamental no se hicieron esperar. Palabras como golpistas, fascistas, se repitieron una y otra vez durante el recorrido sin mayores avances. En pocas palabras se perdió la posibilidad de conciliar.

La oposición también cayó en el discurso de siempre. Sin posibilidad de asumir errores y reconocer que aunque tienen la mitad de la voluntad política venezolana, la otra mitad también existe y no los quiere.

Si bien es cierto que el Gobierno se niega a entender que hay un descontento grande en una mitad del país, la oposición no reconoce que hay una base chavista que apuesta a la opción Maduro. Y mientras eso no suceda no habrá posibilidad de avance.

El diálogo planteaba de entrada una opción concreta: Que los sectores en pugna se reconocieran, que arrancarán con acuerdos previos y mostraran la voluntad de avanzar a una sociedad con políticos capaces de tener posturas diferentes, antagónicas, pero con posibilidad de respetarse y trabajar en función del bien común de Venezuela.

Sin embargo dado los discursos iniciales del primer día del diálogo es poca la esperanza que se puede tener en este, que sin duda debe o debería ser el camino lógico en cualquier democracia para lograr la paz, más en un país tan convulso y polarizado como el nuestro.

Los outsiders

La oposición venezolana asumió un alto costo político al sentarse en la mesa de diálogo. Sin embargo era lo que la actitud de un verdadero demócrata demandaba. No puede existir democracia sin reconocimiento del otro o al menos la voluntad de hacerlo. 

Sin embargo hay un peligro en Venezuela; Existe la oposición y la oposición de la oposición. Cansados de no ver cambios en la configuración política nacional, un importante grupo de venezolanos decidió desconocer al liderazgo clásico de la oposición actual (Capriles y la MUD) para pasar a la llamada resistencia, encabezada por partidos como Voluntad Popular y políticos como Maria Corina Machado, Antonio Ledezma, y la dirigencia estudiantil.

Para María Corina el diálogo no fue más que "una farsa" que buscaba "lavar la cara del régimen" mientras que los estudiantes insistieron que se mantendrán en las calles para exigir un cambio y rechazar las muertes y torturas ya denunciadas.

Ante este panorama, con un Gobierno que llama al diálogo mientras su vocería mantiene el discurso de odio y confrontación (recordar tweet de Diosdado Cabello entre otros), una oposición que no reconoce al Gobierno de Maduro y que debe luchar con sus pugnas internas, y los outsiders que no ven diálogo posible y que apuestan a una "salida" diferente inició el diálogo.

Por ahora vendrán comisiones, que podrían bien traducirse en soluciones viables que respondan a los problemas ciudadanos, calmen las pasiones y por ende mermen la protesta, o por el contrario en la burocracia clásica que convierta la comisión en subcomisiones de comisiones a la cuales será imposible seguirles el paso y conducirán lógicamente a la nada.

Del diálogo dependerá el futuro de Venezuela. Un resultado positivo puede encauzar realmente al país hacia un camino de reconocimiento y progreso, de trabajo en equipos respetando las diferencias, de ganancia real para ambos sectores hoy en pugna. Su fracaso será combustible para la protesta y la excusa perfecta para buscar salidas ajenas a la democracia.

Esperemos que entonces el diálogo se vaya por el camino de lo que pudo ser y no por lo que se ha demostrado hasta ahora.