¿Estará ahí lo que hemos dejado? Me lo pregunto constantemente aunque de antemano se la respuesta. Se que no está ni estará jamás. Ha cambiado, en mi caso particular, involucionado. De lo bonito queda entonces el recuerdo, ese que anhelamos volver a vivir y que al mismo tiempo duele.
Estoy seguro que lo que sigue allá se adaptó mejor que lo que se fue. El que se quedó se las juega entre las ruinas. No hay de otra, así funciona, así debe ser. No hay tiempo cuando tienes que practicar la supervivencia.
Mi problema, que es un problema tan pendejo como severo, es que no he podido abandonar esos recuerdos. Como el que se ha quedado, también sobrevivo y me adapto a lo nuevo, pero hay un peso grande, que podemos definir como el arraigo. El arraigo se presenta como un dolor que va creciendo poco a poco, y que en mi caso se hace más intenso los fines de semana. Es incómodo, pero no puedes separarte de el. Es una necesidad morbosa esa la de mirar atrás.
Pero mi mayor temor,que tiene que ver también con mi problema, tiene una cara doble. Que el dolor del arraigo sea eterno, o que con el tiempo desaparezca. Es extraño, lo se. Déjenme explicarlo mejor. El dolor del arraigo lastima, algunas veces hasta hace daño y no quieres que siga, pero justo ahí comprendes que es lo único que te va quedando, tu único recuerdo de décadas de vida, y por ello quieres que siga ahí, por eso te aferras a el para que no desaparezca, aunque haga daño.
Yo lo tengo muy claro. No soy de aquí donde vivo. No pertenezco a este nuevo paisaje y cultura. Estoy de tránsito. Estoy para quedarme, para aportar , pero no para pertenecer. Pero la distancia y el tiempo tampoco me permiten ser de allá, donde nací y ya no estoy, de donde siento que soy. Pero ¿cómo puedes ser parte de algo que ha cambiado sin ti? ¿Es eso posible? No lo creo. Quedas condenado entonces a vivir en un limbo extraño.
Recuerdo una frase que me marcó mucho. Formaba parte del guión de ¨El secreto de sus ojos¨, una película argentina. La frase decía que hay algo a lo que un hombre no puede renunciar, y era precisamente a su pasión. Y a mi me apasiona pertenecer.
Yo pertenezco al Caracas FC, yo pertenezco a los desayunos en casa, yo pertenezco a la Universidad Central de Venezuela, yo pertenezco a mi familia y a mis amigos, ambos hoy desmembrados en distintos lugares del mundo. Yo pertenezco a las charlas de literatura con mis panas periodistas, al metro de Caracas y sus rostros de lucha, a las reuniones familiares, a la conversa sana de béisbol de octubre a enero. Yo pertenezco a lo que ya no está para mi, a lo que no es igual. Pudiera cambiar, pudiera comenzar a buscar placeres, pudiera desarrollar nuevas afinidades en mi país prestado, en el que pretendo quedarme aunque no pertenezca. Tal vez buscar un nuevo club, una nueva familia, amistades renovadas, una nueva universidad para intentar vencer la sombra. Pero no puedo ni quiero, porque como dice la frase hay algo a lo que un hombre no puede renunciar (ni sustituir), y es precisamente a su pasión.
Y es esa pasión, la que hoy desborda la nostalgia que me llevan a escribir estas tristes letras.
