Surcos que se dibujan en tu piel. Violentas líneas que se han anclado definitivamente en tu cuerpo. Pequeñas huellas que recorren tu vientre de norte a sur, de este a oeste. Ligeras marcas que irrumpen en tu geografía…
Por favor: ¡No las desprecies! ¡No reniegues de ellas! no las escondas por temores absurdos sembrados en la suciedad de la “sociedad”. Ámalas, aprécialas, siéntelas. Son ellas la muestra de un amor puro, inigualable, inalcanzable; el recuerdo de lo que debe mantenerte en pie, por el que debes luchar. Son reflejo del ciclo de la vida, algo que te hace más humana, más hermosa, más perfectamente imperfecta, que te convierten en lo más sublime y que te dan el título más importante y maravilloso que pueda existir: el de madre.