Un azul claro y despejado deslumbra a los habitantes de la ciudad. El sol penetra directo y sin frenos hasta golpear mi piel, intentando calentar hasta el último lugar de mis oscuridad y penumbra interior.
Buen intento el del sol, aunque dudo que logre algo. Esta carencia sostenida, ha dejado en mi la secuela perpetua de sentir que nada podrá cambiar la infértil similitud de un día a otro, ni el frío mañanero que se instala en mi cuerpo una y otra vez, hasta lograr saturarme.
La taza sigue igual. Arrinconada en una esquina del cuarto, esperando ser utilizada. Las cosas comienzan a tener ese molesto aspecto familiar, y son adornadas por un polvillo que poco a poco va marcando el territorio de lo olvidado y va desnudando mi incapacidad de darle vida a un espacio que ya no es hogar, que se convirtió en prisión, en el castigo del silencio.
Suelo pasar poco tiempo en casa. Creo que es lo mejor. Quizás la ilusión se presenta en el metro. Sigo viendo a las mismas parejas cómplices que se susurran amor al oído, y aunque la soledad se presenta con la certeza de lo inevitable, me siento bien por ellos.
Casi sin darme cuenta rescato un ápice de esperanza que esboza una leve sonrisa en mi rostro. Sí, hasta un condenado de manera perpetua a la soledad tiene un derecho mínimo a sentir esperanza, de considerar que en un viaje corto de 20 minutos, una de esas caras de pronto podría voltear y corresponderle.
Pero el trayecto es breve, la ilusión vaga y el resultado el mismo. La oficina, con los monótonos hábitos de calcular y recalcular escritos prefabricados, y la esperanza de encontrar la manera de cambiar esos temas mil veces rebotados de un lugar a otro, por algo que al menos recargue el tanque de la esperanza, que hace bastante tiempo se encuentra vacío.
El ascensor suena una y otra vez anunciando su arribo al piso donde estoy… Siempre las mismas caras, sonidos y costumbres. Nada nuevo. Tal vez de allí surjan los pasos renovados que con sonidos de tacón anuncien la llegada de una nueva primavera, el fin de este largo invierno y el destierro definitivo del polvo del olvido que después de terminar con mis cosas, amenaza con tomarme a mi.
"Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa o que la palabra "madre" era la palabra "madre" y ahí se acaba todo... ...desde pequeño mi relación con las palabras con la escritura no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas" Julio Cortazar
martes, 23 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
La Previa
Que frío se siente el aire que pasa al caer la noche en esta calle perdida del oeste de la ciudad. Es una brisa casi gélida, que se incrusta en la piel y los huesos, y hace de esta experiencia de escribir, que es tan ajena a mi y tan cobarde a la vez, un momento bastante extraño y peculiar para recordar.
Las agujas del reloj transcurren a un ritmo silencioso pero ensordecedor. Aturden sin querer al transitar el circuito que una y otra vez se repite cada sesenta segundos.
Son tal vez las 4 de la mañana, he perdido la noción del tiempo… La verdad he renunciado a toda tecnología pues resulta absurda cuando no deseo pensar en ti, y es que ya no hay nada que pueda evitarlo…
No encuentro la manera, ni el motivo adecuado para escribirte, pero tampoco uno de peso para dejar de hacerlo.
Resultaría más sencillo escapar, hacerme a un lado y olvidar todo. Tal vez sería menos complicado pararme cualquier día ante ti y decir todo lo que pienso y siento, para evitarme estas horas de insomnio y esta cobarde idea de redactar cosas que ni se si algún día leerás.
Las horas deben pasar rápido y con su avance, tan poco importante para mi, llegan las preguntas una tras otra, amontonándose en mi cabeza al no encontrar respuestas… ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo le expreso este desorden hormonal y mental que produce su presencia y su ausencia en igual medida?
No puedo fallar. Debe ser una estrategia perfecta, como tu, que tarde o temprano decidirás sin dudar ni un segundo mi futuro y destino…
La previa… Sigo estancado en la previa… Debo diseñar mi estrategia…
Las agujas del reloj transcurren a un ritmo silencioso pero ensordecedor. Aturden sin querer al transitar el circuito que una y otra vez se repite cada sesenta segundos.
Son tal vez las 4 de la mañana, he perdido la noción del tiempo… La verdad he renunciado a toda tecnología pues resulta absurda cuando no deseo pensar en ti, y es que ya no hay nada que pueda evitarlo…
No encuentro la manera, ni el motivo adecuado para escribirte, pero tampoco uno de peso para dejar de hacerlo.
Resultaría más sencillo escapar, hacerme a un lado y olvidar todo. Tal vez sería menos complicado pararme cualquier día ante ti y decir todo lo que pienso y siento, para evitarme estas horas de insomnio y esta cobarde idea de redactar cosas que ni se si algún día leerás.
Las horas deben pasar rápido y con su avance, tan poco importante para mi, llegan las preguntas una tras otra, amontonándose en mi cabeza al no encontrar respuestas… ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo le expreso este desorden hormonal y mental que produce su presencia y su ausencia en igual medida?
No puedo fallar. Debe ser una estrategia perfecta, como tu, que tarde o temprano decidirás sin dudar ni un segundo mi futuro y destino…
La previa… Sigo estancado en la previa… Debo diseñar mi estrategia…
Sin aquel viejo temor
Me levanto… ¿Realmente estoy despierto? ¿Estoy vivo o simplemente respiro y transito por inercia en las calles de Caracas? Las vías lucen vacías, tal vez con un tono mustio y fúnebre. Quizás son sólo ideas mías, pero ¿Qué puedo hacer? Mi mayor virtud ha sido y será siempre convivir en una profunda soledad, gris y desabrida soledad.
No importa quien esté a mi lado. Me canso, me saturo, me asfixio rápidamente. Me consumo en ideas y pendejadas que no se concretan y que no se comprenden en su justa medida. Comienzo con bríos, con fuerza, con una inusitada celebración interna que vende la idea de creer que ésta, sin duda alguna, es la oportunidad de oro para avanzar. Pero la realidad supera siempre a la ficción que me vendo y me doy de frente ante el muro que me dice en letras grandes y muy claras: “te equivocaste otra vez”.
Y es esa realidad la que ha desgastado la ilusión, la que me explota en la cara y me escupe la realidad más clara y absoluta de mi vida: La soledad es mi mejor compañía.
Veo en el metro parejas cómplices que susurran palabras de amor entre sonrisas tímidas. Observo manos entrelazarse con fuerza en un nexo que parece indestructible y duradero, y son esas señales las que me impulsan a ver mi mano solitaria y desgastada buscando un refugio donde sentir por primera vez que no está abandonada y que si hay un lugar cálido para ella.
Así transita mi vida, entre la calima caraqueña que hace menos daño que mis cigarros, las parejas que se juran amor eterno y el ya acostumbrado amargo sabor a soledad que se instaló en mi garganta e invadió todo mi ser en una visita sin fecha de salida, sin el vencimiento acostumbrado.
Compañía no es amor… Así debo entenderlo, pero me engaño y estúpidamente caigo en el círculo vicioso y absorbente que consume de a poco mi vida, ese que por más coñazos que me da no entra en mi cabeza… Parece que mi esperanza es más fuerte que la razón orquestada por mi cerebro.
Pero ya no hay angustia. La ausencia de refugio no produce aquel viejo temor. La soledad decidida suele ser menos lamentable que aquella que cuenta con compañía.
No importa quien esté a mi lado. Me canso, me saturo, me asfixio rápidamente. Me consumo en ideas y pendejadas que no se concretan y que no se comprenden en su justa medida. Comienzo con bríos, con fuerza, con una inusitada celebración interna que vende la idea de creer que ésta, sin duda alguna, es la oportunidad de oro para avanzar. Pero la realidad supera siempre a la ficción que me vendo y me doy de frente ante el muro que me dice en letras grandes y muy claras: “te equivocaste otra vez”.
Y es esa realidad la que ha desgastado la ilusión, la que me explota en la cara y me escupe la realidad más clara y absoluta de mi vida: La soledad es mi mejor compañía.
Veo en el metro parejas cómplices que susurran palabras de amor entre sonrisas tímidas. Observo manos entrelazarse con fuerza en un nexo que parece indestructible y duradero, y son esas señales las que me impulsan a ver mi mano solitaria y desgastada buscando un refugio donde sentir por primera vez que no está abandonada y que si hay un lugar cálido para ella.
Así transita mi vida, entre la calima caraqueña que hace menos daño que mis cigarros, las parejas que se juran amor eterno y el ya acostumbrado amargo sabor a soledad que se instaló en mi garganta e invadió todo mi ser en una visita sin fecha de salida, sin el vencimiento acostumbrado.
Compañía no es amor… Así debo entenderlo, pero me engaño y estúpidamente caigo en el círculo vicioso y absorbente que consume de a poco mi vida, ese que por más coñazos que me da no entra en mi cabeza… Parece que mi esperanza es más fuerte que la razón orquestada por mi cerebro.
Pero ya no hay angustia. La ausencia de refugio no produce aquel viejo temor. La soledad decidida suele ser menos lamentable que aquella que cuenta con compañía.
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