viernes, 6 de septiembre de 2013

La mirada

Mis días, ay mis días. Suelen ser tan normales como los de cualquier otro. Rutinarios en su mayoría, se consumen entre la oficina, el trafico y las historias que se repiten una y mil veces. Ya hasta mi profesión, que supone el reto de encontrar aspectos novedosos, amenaza de manera rotunda con dejarme frente a ciclos que en su repetir me llevan hacia una asfixia inevitable. Es entonces cuando de la nada aparece su figura amiga, compañera, hermosa a todo dar, y las historia toma un matiz diferente. Es una brisa fresca que espanta la asfixia. Los grises son más pasteles, mas amables, el mal humor pasa a una sonrisa a medio esbozar, los dolores del día desaparecen para convertirse en un cosquilleo agradable. Sólo allí, en ese cambio de ritmo abrupto en mi día, descubro que la quiero, de una manera cómplice, en la maravillosa sensación de admirar lo hermoso, lo bueno, lo noble. La quiero entonces desde ese lugar, desde una sombra, una esquina lejana, donde sólo miro no como consuelo sino como premio. Aunque ella sepa que la quiero, prefiero disfrutarla así en ese pequeño momento, a la distancia perfecta donde las palabras sobran, donde la armonía es perfecta, donde no hace falta nada más que mi mirada sobre ella para saber que el mundo puede ser a veces un sueño, un lugar mejor.

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