viernes, 27 de septiembre de 2013

Una visita un aprendizaje

Me dijo alguien alguna vez que EE.UU. es el país de lo construido, de las estructuras que poco a poco van haciendo de propios y visitantes esclavos de lo majestuoso, súbditos de una comodidad comprada a fusiles y sangre inocente, explotación y colonialismo. Con esa presentación pisé por primera vez la tierra del imperio. Vaya que esa persona olvidó algo. Sí, bien es cierto que Estados Unidos es una tierra que no está ajena a la polémica. Sin embargo, etiquetarla de esa manera sin ver lo demás es sin duda un error monstruoso. Quien lo hizo, no se detuvo a pensar que un día cualquiera pude detenerme a ver un majestuoso atardecer en el desierto, o la vida de un viejo vaquero y como hace día a día para sobrevivir. Tampoco pudo conocer el Gran Cañón, su impetuosa naturalidad e incomparable poder. Quien me habló de las estructuras dejo de lado al americano amable, educado, al inmigrante que llegó buscando un futuro mejor y lo consiguió, al que aún lucha, al que dejó todo y aún lo sigue intentando. Quien se atrevió a describirme eso jamás cruzó la frontera. Jamás pensó o imagino lo que significa pasar esa línea que se ha tragado sueños, metas y vidas que sólo tratan de encontrar algo diferente a lo que tienen hoy. Quien me contó todo esto, seguramente sólo lo leyó en los medios. Quizás escuchó que en Arizona persiguen con palos y armas a los inmigrantes y jamás tuvo la oportunidad de ver por su mismo(a) si esto era cierto. Mucho me llevo de ese país que me sigue siendo extraño. Y sí, hay un modelo de capitales y consumo, que se respeta como cualquier otro, y también hay un pueblo honesto, serio, trabajador, donde todos no son idiotas ni mucho menos creen todo los que le dicen y dictan los medios de comunicación.

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