Dagnia González (escrito el 07 de diciembre 2006)
Al fin para ambas adolescentes llegaba el tan esperado primer viernes de enero del 2004, y con él su cumpleaños número 16. Emily, con su apreciada delgadez esculpida 4 veces por semana en el gimnasio, su rubio cabello y despiertos ojos verdes, no paraba de atender las llamadas telefónicas de felicitación, propias de la jovencita que finalmente tendrá la exclusiva atención sobre ella durante toda la noche en lo que será la fiesta en su honor.
Con miles de kilómetros de distancia, Samhia como tantas veces, trató de olvidarse desde el amanecer de la fecha en que se encontraba, sabiendo que las circunstancias no eran favorables para celebración alguna. Aquel día se arriesgó a salir sola de casa y luego de su largo y pausado andar, finalmente dejó que su famélico y cansado cuerpo se desplomara sobre la tibia arena, fijando sus grandes y profundos ojos negros, sobre el azul cielo que durante meses no ha dejado de ser escenario de estallidos y explosiones por luchas políticas que no tienen explicación a sus escasos 16 años de vida.
Ya al final de aquel viernes, ambas jóvenes, sin siquiera imaginar entre ellas la existencia paralela de cada una, recibieron de manos de sus madres sendos obsequios. Emily tiene en sus manos los boletos aéreos que la llevarán hasta Francia, donde siguiendo la tradición familiar comenzará sus estudios universitarios en La Sorbona. Por su parte Samhia, aprieta con fuerza sus labios para no dejar escapar el grito de dolor y rabia al recibir su regalo, un nuevo velo negro, que le obligaría a ocultar los rasgos de tristeza que a tan corta edad comenzarán a marcar su rostro como consecuencia de tanta pérdida, de tanta muerte.
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