miércoles, 21 de enero de 2009

Reflexiones en medio de un catarro

A veces enfermarnos nos vuelve más lúcidos o nos trae delirios que, una vez superada la afección, nos dejan algunas certezas
Es normal que en ciertas épocas del año empiece a llover o a hacer un calor tan infernal que traiga como consecuencia que todo el mundo se enferme. La calle, entonces, termina convertida en un gran dispensario donde todos se automedican, se recomiendan brebajes supuestamente milagrosos y se intercambian tarjetas de doctores con habilidades que –según dicen- escapan a la simple pericia humana. La vida se convierte en un concierto de moqueos y estornudos de gente que vaga sin saber muy bien lo que hace, conducida por 41 grados de temperatura.
Sospecho que en el transitar de las enfermedades hay un orden como en la cadena alimentaria. Los más fuertes se enferman primero con las versiones más suaves de los virus que les aquejan y que en sus cuerpos de defensas altísimas mutan hasta volverse pequeños aviones de combate que vuelan hasta la víctima siguiente y así sucesivamente, hasta llegar al más debilucho, al último de la fila, al que anda casi desprotegido y, paradójicamente, en lugar de ser atacado de primero lo es de último, cuando la gripecita es ya un monstruo de dimensiones inimaginables, que le lanza en cama por semanas enteras en las que respirar y dormir se vuelve tan difícil como acertarle una pedrada a un F-18.
Sospecho, además, por mi propensión a enfermarme primero que todo el mundo, que no estoy entre ese grupo de desfavorecidos que mira de reojo a los griposos y se alegra dentro de sí por su aparente fortaleza, pero que luego termina más estropeado de lo que nunca imaginó, sonándose la nariz de último, cuando ya todos se curaron y ven con extrañeza que aún alguien conserve el virus, como las abuelas que conservan estampillas antiguas cundidas de jejenes.
Es comprensible, de ser cierto, el itinerario de los virus. Uno debería hacer lo mismo en la cotidianidad: enfrentarse primero a lo más rudo para salir fortalecido y que, en el futuro, los percances menores sean pan comido. Pero uno no es un virus y, por lo tanto, no es tan astuto. Los virus atacan para vivir, para nutrirse, para hacerse más fuertes. Atacan a moles tan grandes que ni siquiera pueden detectarlos a simple vista. Los virus son de izquierda: se enfrentan a los fuertes para así fortalecerse y viven en comunas igualitarias, sin destruirse entre sí.
El hombre, tan gigante como idiota, usa su supuestamente avanzado cerebro para desarrollar una cobardía y ociosidad tales que le llevan a enfrentar a sus semejantes y no para su bien, sino para el mal de todos.
He fantaseado, en medio del primer gran catarro del año, que los virus –como éste que no me permite parar de lagrimear y toser- se reúnen en una convención mundial de organismos inteligentes y se ponen de acuerdo para infiltrarse en esas partes del mundo donde algún hedonista se satisface matando. He delirado con la idea de que muchas arañitas microscópicas muerden sin piedad al piloto de un avión de ataque y lo dejan debilitado, sin defensas, estornudando en su tiendilla improvisada en Gaza, sin poder lanzar ni una bomba más, sin poder matar a un humano más.
Se me ha ocurrido que un contingente de parásitos tan sabios como inmundos se aventura a entrar por la boca del mandamás de alguna potencia involucrada en la guerra y, una vez en su sistema digestivo, inicia una lucha a muerte con la flora intestinal de ese genocida que se cree amo del mundo. Imagino sus cólicos y que la diarrea le impide girar nuevas órdenes para acabar con quienes no gozan de su simpatía y, entonces, en medio de mis ya no sé cuántos grados de fiebre, noto como una sonrisa se me dibuja en el rostro de tan sólo imaginar el estómago revolucionado y la frente sudorosa del opresor oprimido por un virus saltarín que, antes de él, pudo haber tocado a un negro, a un latino y, quién sabe, a un palestino, pero que lo ha tocado de último a él porque su miseria no le dejó merecer un puesto mejor en la fila: es el más débil, el que sin aviones y sin carne de cañón no podría más que seguir con sus rancios rituales en el Skull & Bones, no podría pretender más que la existencia pusilánime que disfraza con su traje de matón.
Me permito, además, construir en medio de mi fiebre la historia de esos parásitos liberadores de pueblos: seguro viajaron entre las plumas de algún pavo de acción de gracias al que no se le perdonó la vida; seguro habitaron el cuerpo del asesino durante semanas enteras, en silencio, engordando a costa de la basura acumulada en ese cuerpo sin corazón, haciendo de la calma su arma más potente, cual guerreros de Troya aguardando en la panza del gran caballo de madera y ahora, justo ahora, salen a combatir con la esperanza de que un retorcijón sea el prefijo para un procedimiento por el bien de la raza humana: atacan movidos por la ilusión de que en las deposiciones líquidas del genocida se vaya también el deseo de matar.
Y es en esa aspiración casi estúpida que las neuronas se chamuscan por la fiebre que, al ceder, habrá de devolverme a la realidad: habrá quien siga vistiendo el planeta de sangre y los parásitos poco o nada podrán hacer para evitarlo. Me río del ingenuo castigo que imagino y, al mismo tiempo, me satisface que esa fantasía tan infantil sea la muestra más contundente de que estoy entre el grupo de los fuertes que se enferman primero y no de esos tan débiles que, ya casi muertos, parecen no enfermarse y no cesar en su deseo de destruir.

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