Un día, sentado en un estudio de televisión, tratando de entender la trastocada realidad editorial que hasta hace poco me había tocado vender, entendí que había llegado a un punto sin retorno. Me dije: Lo que más he amado en la vida ha dejado de vivir y nos ha condenado a todos a sobrevivir. No me atreví (ni aun me atrevo) a señalar culpables. Sin embargo, con esa frase comenzaba de manera silenciosa e insospechada la despedida con mi gran amor, Venezuela. A partir de entonces ya nada sería igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario