El tiempo. No se por qué pero es angustiante ver como se consume, a veces muy lentamente, otras demasiado aprisa. Su capacidad inalterable de pasar de un segundo a otro es lo que más me desespera, lo que realmente puede llegar a exasperar a cualquiera. No se manejar la presión que ejerce sobre mi, pero supongo que como yo, deben existir muchos más.
Veo fijamente a su cómplice. Se mueve siempre al mismo ritmo, marcando lentos compases. Es él el autor intelectual que lleva a cabo el macabro plan de hacerme esperar por algo especial, algo que no he podido hallar. Uno a uno caen los segundos, los minutos y las horas, y son precisamente ellas las que me indican que ha caído otro año en mi calendario sin que aparezca mi momento anhelado.
Son 27, y no puedo sino pensar en lo que he vivido. Cada experiencia nutre mi camino y me ayuda a no errar tan seguido, pero a su vez, suele condenarme y obligarme a entender que las cosas no siempre son como queremos que sean. He buscado el amor y por el contrario he obtenido compañía, buenas y malas, pero sólo eso, compañía, un tránsito pasajero que al cabo de un tiempo se esfuma sin dejar nada más que un montón de recuerdos arrumados en algún rincón de mi habitación.
Sigo viendo el reloj cómplice del tiempo. Podría asegurar, aunque me pueda pasar por demente, que se burla de manera socarrona de mi, expresando la profunda alegría que le produce la desgracia ajena, mi infortunio personal. A menudo pienso eso, pero me reconforto en la esperanza de saber que al final del camino terminaré riendo de mi reloj y sintiendo pena por él y su amigo el tiempo, que sin duda se equivocaron conmigo.
Hoy amanece y con el despertar del día comienza a germinarse una esperanza que promete ser distinta, mucho más genuina que las anteriores. Quizás soy sólo yo y otra de mis fantasiosas ideas, pero a quién no le agrada sentir esa maravillosa emoción de soñar con encontrar lo que siempre hemos deseado.
Quizás sea esa la razón por la que espero de manera paciente y sin perder el juicio viendo mi reloj. Se que es ella, mi “Avellaneda”, la mágica solución que quiero sea más que simple compañía, más que un pedacito de vida tomados de la mano. Puedo perderme en sus tristes y grandes ojos, en su rostro hermoso, comprender su pasado complicado y su presente borroso, y puedo esperar, esperar una vida de ser necesario, para que ella pueda decidir estar conmigo.
Quizás debo comenzar a comprender que no es el tiempo, ni mucho menos el reloj, los que de manera sistemática acaban con mis ilusiones. El transcurre y su cómplice ejecuta, y a su vez ambos sólo están ahí para recordar que la vida es demasiado corta, fugaz y bella para esperar sentado a que las cosas sucedan.
Aquí estoy haciendo lo que creo saber hacer, escribiendo a mi “Avellaneda” que quisiera fuera mucho más que mi “tregua”, que mi pedacito de alegría fugaz. Quién quita que esta sea la ocasión especial que tanto espere para que llegara.
No se que pasará mañana, pero se que el tiempo seguirá transcurriendo y que yo seguiré intentando llegar a su maltrecho corazón. Prefiero intentar ayudarte a sonreír y ser feliz aunque falle en el intento, a quedarme esperando sin saber si pudo ser real y maravilloso como lo dibujo a diario en mis pensamientos.
Bendito tiempo, te pido que esta vez juegues una a mi favor…
No hay comentarios:
Publicar un comentario