J: Que lindo escribías ¿Qué te motivaba?
(profundo silencio...)
A: Era la “atmósfera“ del momento, lo que me quedó del recuerdo...
“Todo amor y todo recuerdo dejan tras de sí una atmósfera. El secreto en la vida consiste en retener la atmósfera y olvidar el amor, abandonar el recuerdo“
Boris Izaguirre, Azul Petróleo (1998).
En algún lugar de Caracas, en el 2011.
Si me lo propongo, con cierto optimismo y con algo de esfuerzo, podría reprimir cada pensamiento de pena y sustituirlo paso a paso por recuerdos quizás un tanto más agradables de los que hoy, lamentablemente, me visitan para convertirse en huéspedes inesperados.
Tal vez si un día, no como el de hoy sino como cualquier otro que ya no atino a recordar, me dedico a buscar en mi banco de recuerdos, pueda tomar momentos inolvidables y reubicarlos en mi presente para hacerlo, al menos, un tanto más llevadero de lo que es ahora.
He pensado que, a las afueras de la puerta de mi infierno personal, puedo armar una estructura discursiva lo suficientemente convincente que me permita vender la imagen de un cielo ganado a fuerza de detalles y gestos, de un interior repleto de armoniosos colores que hagan alusión directa a la alegría y no a la mustia realidad que se lleva dentro.
Seguramente podría tomar un lápiz, un papel cualquiera, y ofrecerles a todos la idea de que se anda bien, que no hay tristezas, frustración, ni mucho menos desespero.
Podría ofrecer una verdad a medias, el maquillaje perfecto y sin cicatrices de mi historia personal, tal vez un relato diferente, ameno y hasta divertido, de esos que me encanta leer pero que hace mucho no soy capaz de escribir.
Quizás podría armar mi propio rompecabezas. Tomar las memorias lejanas de un viaje, una cena cuando aun quedaban restos de conversaciones interesantes, una sonrisa a medio terminar cuando los chistes malos aun causaban gracia, una noche de sexo y otra de amor, otra de caricias, un día de clases con notas dignas de adolescentes escritas en cuadernos repletos de polvo, e incluso algunos viajes a la playa, y luego comenzar a estructurar un relato breve e intenso digno de rememorar y que realmente dejara más esperanzas que penas.
Pero (ojalá no existiera esta palabra) no soy partidario de ir haciendo bocetos de lo vivido, de esos momentos que van quedando estratégicamente guardados en archivos pesados para después armar a mi conveniencia lo que me hubiese gustado que fuera. Me niego (o al menos hago el intento) a vender una idea donde pueda mostrarme como víctima o victimario, como el resultado nefasto de cosas que aunque no debían pasar terminaron sucediendo.
No pretendo agregar ficción a mi vida, ni mucho menos sumarle color para luego convencer a los demás de algo que ni imagino que sería. No me va ni me viene jugar a construir verdades, ese, no se si afortunada o desafortunadamente, está lejos de ser mi estilo.
Hay tristezas que no podemos borrar, ni realidades que, aunque sea posible, valga la pena trasladar al mundo de lo imaginario. Y es que al final, cuando elaboro el balance de tantas cosas en mi vida quedo convencido de algo: puedes engañar al mundo entero si te lo propones, pero por más que lo intentes, por más que trates de crear alguna estructura casi perfecta y sin lados flacos, no te puedes engañar a ti mismo.
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